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26 o 27* de Febrero

Ramillete espiritual: «Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.» Mt. 6, 34

Santa Matilde de Hackeborn

SANTA MATILDE de HACKEBORN
Abadesa
(1240-1298)

La primera Abadesa de Helfta fue Cunigunda de Halberstadt, la cual murió en 1251 A ella la siguió en el cargo Matilde, que tenía recién 19 años: se desempeñó como Abadesa desde 1260 hasta su muerte en 1299.

Matilde nació en Turingia. Ella provenía de la estirpe de los barones de Hackeborn, quienes poseían tierras en el norte de Turingia y en la zona de Harz y estaban emparentados con los Hohenstaufern. A los siete años fue Matilde a la escuela del convento, entró más tarde en la Orden y se convirtió en directora de la escuela del convento.

Son conocidas sus grandes dotes musicales. Se convirtió en primera cantante en el coro litúrgico, sacristana, bibliotecaria, a ella le fueron confiados los valiosos escritos, copias y pinturas de libros.

Su principal obra se llama "Libro de la corriente de alabanza", en el cual Matilde de Hackeborn escribe: "Yo soy más fácil de alcanzar que cualquier otra cosa Ni un hilo ni una astilla, nada es tan pequeño y tan inferior que uno pudiera atraerlo a sí con un simple acto de la voluntad. A mí en cambio, puede el ser humano llevarme a sí con su simple voluntad".
 

Texto de: Kloster Helfta


SAN PORFIRIO de GAZA
Obispo
(353-420)

Griego, como indica su nombre, un macedonio de Tesalónica que a los veintitantos años deja su familia y sus riquezas para hacerse monje en las soledades del desierto egipcio. Más tarde querrá estar cerca de Jerusalén con el fin de poder ir todos los días al Calvario, y le encontraremos viviendo en una cueva a orillas del Jordán.

Tal vez allí se ganaba la vida haciendo de zapatero, y se nos dice que el rigor de sus mortificaciones y la humedad de aquellos parajes le daban, a pesar de su relativa juventud, el aspecto de un viejo muy encorvado que tenía que andar apoyándose en un bastón. Así le ve el joven Marcos, su futuro biógrafo, cuando admirado por su ejemplo pide ser su discípulo.

Hacia los cuarenta años su reputación es tal que se le ordena de sacerdote, y en el 396 es consagrado obispo de Gaza, en las tierras paganas del sur donde murió Sansón. Su labor no iba a ser fácil, y ante las resistencias con que tropieza cabe la posibilidad de que el buen Porfirio olvidara la virtud de la paciencia.

Una cosa es santificarse en la soledad, orando, ayunando, entregándose a mil austeridades, castigando aquel cuerpo que ostentaba el lujoso nombre de «purpúreo», yendo a meditar al Calvario y siendo custodio de un pedazo de la vera cruz al que atribuye la curación de sus dolencias; y otra muy distinta convencer a los testarudos idólatras de Gaza.

Parece que pidió ayuda al emperador Arcadio, quien mandó tropas para evangelizar manu militari aquella región destruyendo ídolos y arrasando sus templos. La airada reacción que ello produjo originó revueltas en las que estuvo a punto de perder la vida el propio Porfirio, cuya casa fue destruida.

Si hay que elegir, mejor ser yunque que martillo, desde entonces modera su celo comprendiendo que los métodos violentos son tan tentadores como contraproducentes, y se dedica con santa mansedumbre a colaborar con la gracia de Dios sin empeñarse en hacerlo todo él por su cuenta. Sin duda fue la mayor de las mortificaciones con que se ganó el Cielo.

*Los años bisiestos, se fiesta esos Santos el 27 de Febrero.