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4 de Abril

Ramillete espiritual: «Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre.» Jn 6, 51-52

San Benito de Palermo

SAN BENITO de PALERMO
Religioso
(1526-1589)

Siciliano de nacimiento y negro de piel, hijo de unos esclavos africanos -- tal vez nubios -- que trabajaban en una propiedad cercana a Messina, el amos de sus padres le concedió la libertad al nacer y se sabe que de niño fue pastor.

Su amo le dio la libertad y a los veintitantos años se unió a un grupo de eremitas franciscanos, convirtiéndose a partir de entonces en un fidelísimo seguidor del ejemplo del santo de Asís. Después de que este grupo se dispersara hacia 1564, Benito fue aceptado como hermano lego en el convento de santa María de Palermo, y como no sabia leer ni escribir se le confiaron las tareas de la cocina.

Un cocinero singular por su admirable piedad, por su humildad y por las curaciones milagrosas que prodigaba. A todo esto, ¿qué platos saldrían de sus manos, qué guisos angélicos prepararía ese fraile cito de color de carbón?.

Su singularidad se puso de manifiesto en 1578 cuando a pesar de ser sólo lego y analfabeto encima, se le eligió superior. Costó mucho convencerle de que aceptara, y luego tal vez más de un fraile se arrepintió de haberle convencido, porque impuso la interpretación más estricta y austera de la regla franciscana.

Más tarde fue maestro de novicios y, al parecer, otra vez cocinero, que era lo que él prefería, un santo literalmente entre pucheros, asediado por multitudes de enfermos que invadían la cocina conventual pidiéndole que les sanara con su infalible oración y su gesto taumatúrgico entre el vaho de las cacerolas.

Con renombre taumatúrgico, que llegaría pronto hasta los hombres de color, lo mismo en África que en América. Esta muy extendida su devoción en Venezuela, y en Galicia se venera en la Parroquia de Santiago de Redondela.

Texto de: la Parroquia "Sagrada Familia" ( Diócesis Tui - Vigo - España )


SAN ISIDORO de SEVILLA
Obispo y Doctor de la Iglesia
(560-636)

San Isidoro de Sevilla es el último de los Padres latinos, y resume en sí todo el patrimonio de adquisiciones doctrinales y culturales que la época de los Padres de la Iglesia transmitieron a los siglos futuros. Isidoro fue un escritor enciclopédico, muy leído en la Edad Media, sobre todo por sus Etimologías, una «summa» muy útil de la ciencia antigua, en la que condensó los principales resultados más con celo que con espíritu crítico. Pero a pesar de poseer tan ricamente la ciencia antigua y de influir considerablemente en la cultura medioeval, su gran preocupación como obispo celoso fue la de lograr una madurez cultural y moral del clero español.

Para esto fundó un colegio eclesiástico, prototipo de los futuros seminarios, dedicando mucho de su laboriosa jornada a la instrucción de los candidatos al sacerdocio. La santidad era de casa en la noble familia, oriunda de Cartagena, de la que nació (en Sevilla) Isidoro en el 560: tres hermanos fueron obispos y santos: Leandro, Fulgencio e Isidoro; una hermana, Florentina, fue religiosa y santa. Leandro, el hermano mayor, fue tutor y maestro de Isidoro, que quedó huérfano cuando era muy niño.

El futuro doctor de la Iglesia, autor de muchos libros que tratan de todo el saber humano, desde la agronomía hasta la medicina, de la teología a la economía doméstica, al principio fue un estudiante poco aplicado. Como tantos otros compañeros dejaba de ir a la escuela para ir a vagar por los campos. Un día se acercó a un pozo para sacar agua y notó que las cuerdas habían hecho hendiduras en la dura piedra. Entonces comprendió que también la constancia y la voluntad del hombre pueden vencer las duras dificultades de la vida.

Regresó con amor a sus libros y progresó tanto en el estudio que mereció ser considerado el hombre más sabio de su tiempo. Isidoro sucedió al hermano Leandro en el gobierno de la importante diócesis de Sevilla. Como el hermano, fue el obispo más popular y autorizado de su tiempo, y también presidió el importante cuarto concilio de Toledo, en el 633. Se formó con la lectura de San Agustín y de San Gregorio Magno, y aun sin tener el vigor un Boecio o el sentido organizador de un Casiodoro, Isidoro compartió con ellos la gloria de ser el maestro de la Europa medioeval y el primer organizador de la cultura cristiana. Cuenta una simpática leyenda que cuando tenía un mes de vida, un enjambre de abejas invadió su cuna y dejó en los labios del pequeño Isidoro un poco de miel, como auspicio de la dulce y sustanciosa enseñanza que un día saldría de esos labios. Isidoro fue muy sabio, pero al mismo tiempo de profunda humildad y caridad; no sólo obtuvo el título de «doctor aegregius» sino también la aureola de santo.